Cuerpos desobedientes. Travestismo e identidad de género
Barcelona: Ides, Edhasa, 2004.
“De los varones soy el segundo, de las mujeres vengo a ser la primera”. Así como este testimonio de una travesti, Josefina Fernández en su libro Cuerpos desobedientes busca dar cabida a las voces de las travestis y su identidad de género. Se entiende esta identidad como el resultado de un proceso de investigación, no desde una definición establecida previamente. Por ello, la autora busca recoger lo que las propias implicadas tienen que decir respecto a la familia, el cuerpo, la prostitución y los dominios públicos, como los grupos socio-sexuales que conforman el Movimiento Gay, Lésbico, Travesti, Transexual y Bisexual.
El libro tuvo como punto de partida la derogación de edictos municipales y la aprobación del Código de Convivencia Urbana en Argentina. Esta medida generó un ferviente debate en la población, lo que llevó a la autora, integrante del movimiento feminista, a interesarse y vincularse con las organizaciones travestis, implicadas directamente. El travestismo parecía cuestionar que si bien hay dos sexos naturales ello no implica dos géneros, por lo que se formuló las siguientes preguntas para su investigación: ¿Cuáles son las representaciones de género del travestismo? ¿Constituyen ellas un reforzamiento de las identidades de género socialmente establecidas como femenina y masculina? ¿Es el travestismo un tercer género, o, por el contrario, la expresión de una identidad paradójica para la cual la categoría género resulta ineficiente? La hipótesis de la autora es que el travestismo cuestiona los principios de clasificación y reconocimiento de identidades de género legitimadas socialmente.
Haciendo un recuento del concepto, el género, entendido como la construcción cultural de la diferencia sexual, sirvió como primer arma contra la visión naturalista de los roles sexuales para mujeres y hombres, es decir, contra la justificación incuestionable de que las mujeres estaban destinadas al hogar y a la procreación y los hombres a ser los proveedores en el ejercicio libre de su papel público. El género entiende esta división de roles no como una consecuencia natural del sexo biológico, sino como una construcción social que se establece históricamente, en tiempo y lugar, sobre esa diferencia sexual entre hombres y mujeres. Por tanto, al ser producto del desarrollo de los seres humanos, era también dada de ser alterada por ellos mismos.
Este cambio de tuerca fue impulsado por las feministas que veían en su confinamiento al hogar, en su devoción al matrimonio y en la maternidad como único horizonte posible para las mujeres, una limitación, una violación de sus derechos fundamentales de autonomía y libertad y especialmente, un orden de cosas que en nada las beneficiaba más que para perpetuar un sistema patriarcal, que en otros aspectos, también limitaba a los hombres y les negaba el afecto, y la exteriorización de su interioridad como expresión de debilidad
Las identidades trans son formas de cuestionar también la relación sexo/género como natural, pero poniendo el énfasis en la parte del sexo biológico, antes que en la construcción cultural erigida sobre él “las travestis interpretan, modelan y experimentan su cuerpo esforzándose por separar el orden biológico del orden de la cultura”(192). Es cuestionar que el significante hombre esté determinado por una realidad sexual biológica, pero es al mismo tiempo reafirmar que le es imposible un significado diferente al socialmente establecido. En ese sentido, si bien se cuestiona la relación unívoca entre sexo/género, se afirma la construcción de género de hombre/mujer.
Aunque hay consenso sobre el carácter ficcional que vincula género con sexo, existen diferentes posiciones respecto del travestismo. La autora recoge tres puntos de vista principales en relación con el travestismo. 1) El travestismo como expresión de un tercer género, en el cual se resumen las posturas que desde la antropología han dado cuenta de sociedades en que estas identidades híbridas son aceptadas en el tejido social, evidenciando sistemas diversos antes que binarios. 2) El travestismo como reforzamiento de las identidades de género, enfatiza la apropiación simbólica y física de los rasgos femeninos, haciéndolos excluyentes de los masculinos. Se trataría de una situación reservada a los varones porque “la construcción de la sexualidad no asocia las ropas masculinas al erotismo. A diferencia de la masculinidad, la construcción de la feminidad no implica una identidad de género tan inflexible como para rechazar la incorporación de conductas tradicionalmente asociadas con el sexo opuesto, precisamente porque la masculinidad es definida como superior”(53). 3) El travestismo como género performativo, esta postura tiene una orientación deconstructiva, plantea que analizar el tema desde uno u otro género es reduccionista. El travestismo desafía la binaridad y busca deconstruir la categoría misma de género, pues si bien ésta se vuelve cultural y por tanto sirve para atacar el discurso naturalista, a su vez naturaliza lo sexual como biológico, originario y prediscursivo. Teresa de Lauretis explica que la identidad femenina es un complejo proceso simbólico y material, que normaliza componentes de esa identidad de género. Ella propone la búsqueda de formas para desestabilizar dichas normas e instaurar nuevas maneras de identidad del sujeto femenino. En esa misma línea Judith Butler afirma que el sexo es un producto cultural en la misma medida en que lo es el género, por ello es necesario desgenerizar el sexo sino no habría distinción entre los términos.
Para Josefina Fernández la lucha de los grupos que pugnan por existir, entre los que se ubicaría la comunidad travesti, requiere de modelos de análisis que no los reduzca a categorías estéticas y que por el contrario se desarrolle desde un horizonte político concreto e históricamente situado. “Un enfoque que evite toda tentación de asimilación de las prácticas identitarias con representaciones que, a espaldas de las propias travestis de carne y hueso, organizan un espectáculo en el que se muestra, parodiándolo, lo que el mundo pretende ocultarse a sí mismo”(199). Aunque, en relación a su hipótesis inicial, considera que las travestis no se distinguen demasiado de otros grupos que reclaman legítimamente su derecho a explorar y vivir libremente. La demanda de las travestis busca una sociedad más plural, que se pueda vivir en armonía incluso con aquellas posiciones que desafían el orden de los sexos y los géneros, lo cual no implica necesariamente una búsqueda insurrecta en las identidades en pugna. Como le decía una travesti a una antropóloga ¿es que además tengo que ser subversiva?(200).
Aunque distan algunos años desde la publicación de este libro, sus planteamientos y testimonios siguen tan vigentes que nos parece importante retomar estas disquisiciones para renovar el debate y la reflexión.
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